El arte de nuestro tiempo tiene como característica central la variedad, la pluralidad expresiva. Durante siglos, el arte europeo funcionó con un lenguaje homogéneo, con un código único de representación.

Esa unidad de expresión, basada en una convención simbólica: la perspectiva geométrica, estaba regida por la intención de elaborar formas e imágenes que produjeran una ilusión o apariencia de realidad. Más allá de la indudable complejidad y riqueza estética de las obras de los grandes maestros, desde un punto de vista formal el arte buscaba recrear las impresiones externas de la mirada, las apariencias de la realidad exterior.

         Todo eso cambiaría, de manera irreversible, con las vanguardias artísticas entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Aunque ese proceso de cambio se había iniciado ya con el Romanticismo y su demanda de una libertad expresiva plena, y si uno de sus jalones decisivos fue el desplazamiento de la mirada hacia la interioridad que lleva a cabo Francisco de Goya, el cambio se asienta definitivamente

con las vanguardias. Pero hay que entender que las vanguardias no son "la causa", sino el resultado de un reajuste, de un proceso de reacomodación del conjunto de las artes, frente a las grandes transformaciones culturales, económicas y sociales, que se irían experimentando en Europa a lo largo del siglo XIX, con el desarrollo de la tecnología, la formación de un orden socio-económico fundamentado en la producción masiva de mercancías, y la consiguiente concentración de grandes masas de población en las ciudades. El arte cambió, como habían cambiado también la experiencia de la vida y

  

los procesos culturales en general, lo mismo que la filosofía y las ciencias. A partir de entonces y hasta hoy mismo, el arte de nuestro tiempo ya no busca reproducir en las obras las apariencias de la realidad exterior, sino interrogar críticamente esa realidad exterior. En la época de la imagen global, sin un código único de representación, y yendo además de fuera a dentro, cada artista elabora los criterios de significación de sus obras, elabora un juego de lenguaje, cuyas claves deben ser desentrañadas para poder interpretar sus intenciones y sentidos. Esa diversidad, compleja y plural, de juegos de lenguaje, que deben ser entendidos como representaciones de formas de vida, constituye el núcleo del arte de nuestro tiempo. Tan intenso, variado y complejo como el mundo en el que hoy vivimos.



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